miércoles, 14 de mayo de 2008

¿Valores rebeldes?

Después de varios meses, volvió a mis manos un libro que considero muy alto entre mis favoritos: Zen and the Art of Motorcycle Maintenance. La historia de cómo llegó a mis manos es digna de contar, así que justamente eso haré.

Creo que fue en el segundo ciclo de mi carrera de filosofía, hace dos años y medio, que el legendario profesor Federico Camino, que no suele hablar bien de muchas cosas, mencionó este libro y a su autor, Robert M. Pirsig, diciendo que era muy bueno, y que además, el autor sólo había escrito dos libros en 30 años, cosa que en sus ojos no hacía más que inspirarle confianza.


Como muchos otros libros recomendados por profesores, no hice más que apuntarlo en mi cuaderno, y probablemente esta anécdota hubiese sido olvidada para siempre, si no fuese porque unos meses después, a miles de kilómetros de distancia, en la casa de mi por allá entonces enamorada en el estado gringo de Virginia, lo encontré en sus estantes. Me dijo que nunca lo había leído, que lo encontró en una venta de garaje y lo compró porque le gustó el nombre.

Procedí, en consecuencia, a pedírselo “prestado” (probablemente lo único bueno que saqué de dicha relación).

No quiero entrar en detalles sobre el libro (y menos aún sobre mis relaciones). Sólo diré que es una novela escrita en primera persona, pero fácilmente más del 70% de su contenido consiste en el autor hablando de diversos problemas filosóficos, dirigiéndose directamente al lector. Hay partes que no son nada sencillas, pero el libro fue un best seller en sus días (allá por los 70’s), por lo que a pesar de su dificultad en momentos, termina siendo accesible para todos (a menos ya que seas bruto).

Además, la increíble historia está basada en la vida real del autor, lo que la hace todavía más fascinante.

Sin embargo, el motivo de este post no es convencerlos de que lean este libro (como ya podrán haber notado desde el título), sino simplemente sacar un fragmento más o menos descontextualizado y aplicarlo a un tema que personalmente me mantiene en constante conflicto. Pero vayamos por partes. El fragmento cuenta a su vez con otro fragmento de La Ilíada, y el autor se encuentra hablando de la areté griega antes de Platón y Aristóteles.

The Iliad is the store of the siege of Troy, which will fall in the dust, and of its defenders who will be killed in battle. The wife of hector, the leader, says to him: “Your strength will be your destruction; and you have no pity either for your infant son or for your unhappy wife who will soon be your widow. For soon the Acheans will set upon you and kill you; and if I lose you it would be better for me to die.”

Her husband replies:

“Well do I know this, and I am sure of it: that day is coming when the holy city of Troy will perish, and Priam and the people of wealthy Priam. But my grief is not so much for the Trojans, nor for Hecuba herself, nor for Priam the King, nor for my many noble brothers, who will be slain by the foe and will lie in the dust, as for you, when one of the bronze-clad Acheans will carry you away in tears and end your days of freedom. Then you may live in Argos, and work at the loom in another woman’s house, or perhaps carry water for a woman of Messene or Hyperia, sore against your will: but hard compulsion will lie upon you. And then a man will say as he sees you weeping, ‘This was the wife of Hector, who was the noblest in battle of the horse-taming Trojans, when they were fighting around Ilion.’ This is what they will say: and it will be fresh grief for you, to fight against slavery bereft of a husband like that. But may I be dead, may the earth be heaped over my grave before I hear your cries, and of the violence done to you.”

So spake shining Hector and held out his arms to his son. But the child screamed and shrank back into the bosom of the well girdled nurse, for he took fright at the sight of his dear father -at the bronze and the crest of the horsehair which he saw swaying terribly from the top of his helmet. His father laughed aloud, and his lady mother too. At once shining Hector took the helmet off his head and laid it on the ground, and when he had kissed his dear son and dandled him in his arms, he prayed to Zeus and to the other Gods: Zeus and ye other Gods, grant that this my son may be, as I am, most glorious among the Trojans and a man of might, and greatly rule in Ilion. And may they say, as he returns from war, ‘He is far better than his father.’

Ahora, tenemos acá un ejemplo de un virtuosismo impresionante. Es un virtuosismo, claro está, hacia uno mismo. Es una virtud del guerrero.


Personalmente, no puedo evitar pensar en lo que yo considero es la ética, y a todo esto, lo que es moralmente bueno; y mi posición es en gran medida la kantiana, que considera que lo bueno son las máximas de nuestra acción que son a la vez universalizables, en la medida que tienen en cuenta la humanidad, tanto como idea, y como está presente en cada individuo concreto.

Lo que resulta de una posición así es una virtud del ser humano en tanto ser humano. Una virtud que pueda ser compartida por todos los hombres, que no se inmiscuya en los otros, justamente, que sea universalizable. Una posición así no se distancia mucho de la ética aristotélica.

Igual podrían coexistir otras virtudes, como las del guerrero y del alfarero, pero tendrían que estar sometidas a esta virtud mayor, si es que quieren ser consideradas “buenas”.

Pero en el comportamiento de Héctor tenemos sin lugar a dudas una virtud que no es ni puede ser jamás universalizable con toda la humanidad, pues su virtud radica justamente en ser superior a los demás. Ser más noble, más valiente, más fuerte, y estos valores rebeldes se anteponen al resto.

Se me ocurre otro ejemplo en el del General Kuribayashi, de la película Cartas de Iwo Jima, que sigue combatiendo por el honor de su nación, y de su persona misma, a pesar que sabe morirá y miles de sus soldados también, y finalmente su esfuerzo será en vano.


Sin embargo, no puedo dejar de ver ambos casos y pensar que, de alguna forma, están “bien”. Los admiro y me parecen ejemplos de excelencia humana, por más que no pueda argumentar racionalmente en su favor.

No sé, dejo la contradicción ahí, sin resolver, a ver si a alguien se le ocurre algo.