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martes, 18 de noviembre de 2008

El carácter existencialista del absurdo en Temor y temblor de Søren Kierkegaard

Los escritos del filósofo y teólogo danés Søren Kierkegaard pueden ser separados en dos grandes grupos. El primero, y que nos interesa para esta ponencia, consiste en una comunicación indirecta, en la que el autor se esconde tras pseudónimos, no sólo en cuanto al nombre, sino también respecto de su verdadero punto de vista, creando complejos personajes y dejando que hablen por él. En el segundo grupo tenemos la comunicación directa, en la que, por decirlo de algún modo, Kierkegaard dice lo que piensa.

Ya hemos señalado, sin embargo, a que es el primer grupo, el de la comunicación indirecta, el que ha de interesarnos, pues para esta ponencia trabajaremos exclusivamente con uno de sus libros, del cuál alguna vez él mismo dijo que por sí solo bastaría para asegurarle un nombre imperecedero como autor. Hablo de Temor y temblor.

Escrito bajo el pseudónimo de Johannes de Silentio, haciendo obvia referencia a lo que no puede ser dicho y es por lo tanto incomunicable, Temor y temblor es un libro escrito relativamente temprano en la vida de Kierkegaard, cuando tenía 30 años. Además, como perteneciente al grupo de la comunicación indirecta, no nos lleva directamente al pensamiento de su autor, sino de manera tangencial. El motivo de Kierkegaard al concebir estos escritos indirectos fue el de hacer que el lector se identifique con sus personajes, o que se sienta interpelado por estos, formando una suerte de conexión más emocional que racional, y que finalmente el desarrollo de su vida personal se vea afectado.

No es el objetivo de esta ponencia, pues, adentrarnos en el pensamiento de Kierkegaard; en vez, lo que queremos mostrar es la relevancia que tuvo, y que puede seguir teniendo, lo propuesto en dicha obra para la filosofía que de manera muy general podríamos considerar como existencialista.

Empecemos exponiendo de forma general el libro y las intenciones de su autor (a partir de ahora nos referiremos al autor de la obra como Johannes de Silentio, creado por Kierkegaard, y al que bien se le pueden atribuir intenciones distintas de las de su autor real). La obra gira alrededor de la historia de Abraham, en particular, el momento en que Dios le pide que sacrifique a su único hijo, Isaac. Este ejemplo atraviesa todo el libro, pues sirve como paradigma de lo que es la fe para de Silentio. También, y como veremos a continuación, el libro puede ser visto como una respuesta a un contexto filosófico particular, en el que la filosofía hegeliana se hallaba en su máximo apogeo, habiendo el malvado sistema hegeliano adoptado la fe, explicándola, pero de esa forma aniquilándola. Veamos cómo.

El argumento de Johannes de Silentio en Temor y temblor es simple: si es que no hay nada más elevado que la ética en este mundo, y tampoco nada inconmensurable en el hombre más allá de lo que posiblemente pueda expresar mediante su participación en ésta, entonces nunca existió la fe, precisamente porque siempre existió, y en consecuencia, Abraham está perdido. Pero, sin embargo, hay efectivamente algo que está más allá de lo universal en todos (puesto que por ética de Silentio, muy kantianamente, entiende lo universal, válido para todos, y en todo momento), y esto es lo absoluto (Dios, en el ejemplo de Abraham). Este absoluto entra en relación con el Particular (o sea, con un individuo concreto) mediante la fe, y de la siguiente forma:

La fe consiste precisamente en la paradoja de que el Particular se encuentra como tal Particular por encima de lo universal, y justificado frente a ello, no como subordinado, sino como superior. Conviene hacer notar que es el Particular quien después de haber estado subordinado a lo universal en su cualidad de Particular llega a ser lo Particular por medio de lo universal; y como tal, superior a éste, de modo que el Particular como tal se encuentra en relación absoluta con lo absoluto. Esta situación no admite la mediación, pues toda mediación se produce siempre en virtud de lo universal; nos encontramos pues, y para siempre, con una paradoja por encima de los límites de la razón.

Considero el pasaje que acabo de leer como el punto central de todo el libro, mas no es de por sí argumentación alguna, sino la explicitación de una paradoja inherente a la fe, y que no puede ser explicada de manera racional.

En primer lugar, debemos diferenciar lo universal de lo absoluto, en otras palabras, lo ético de lo divino. Es cierto que ambas esferas pueden coincidir, pero en ese caso, y de Silentio es decisivo al respecto, la fe no sería necesaria, las categorías filosóficas griegas bastarían, nos dice, y nuevamente, Abraham estaría perdido. Es gracias al ejemplo de Abraham que nos damos cuenta que ambas esferas no siempre coinciden, y que la de lo absoluto se haya por encima, puesto que no hay forma de reconciliar la acción de Abraham con lo universal, pues un padre tiene un deber para con su hijo, y lo que se le exige a Abraham no sobrepasa este deber en el sentido ético, puesto que no se le ha pedido que actúe por un bien mayor, como podría ser el bienestar de un pueblo, tampoco hay una racionalidad de por medio, en el sentido que Dios no se encontraba enfadado por algo que Abraham hizo; simplemente se lo pidió, y Abraham actuó porque creía, en virtud de lo absurdo, nos dice, y sobre esto último volveremos más adelante.

O es un asesino, o es un creyente; o ha transgredido la ética, o la ha suspendido en virtud de algo más elevado; o lo uno o lo otro. De cualquier forma, no hay lugar para la mediación.

Hay que tener en cuenta, en segundo lugar, que Abraham amaba a Isaac más que a nada en el mundo, y eso es importante, porque aquello significa que él siente un deber ético de no hacerle daño, y es justamente este deber lo que el combate, en absoluta soledad, para realizar el sacrificio. Así, Abraham (el Particular) antepone su relación con Dios (lo absoluto) a su deber ético (lo universal), pero justamente habiendo pasado por éste, rechazándolo sin abandonarlo del todo, y en ese sentido tenemos la paradoja, puesto que él no puede conciliar el amor que siente por su hijo (y su deber ético) con su deber hacia lo absoluto, pues al sacrificarlo, no lo deja de amar, justamente, lo ama más que nunca. Desde el punto de vista del espectador, todos observamos desde lo universal, pero el Particular está solo en su relación con lo absoluto, puesto que sólo puede comunicarse y hacerse inteligible con otros en virtud de lo universal. No obstante, esto no nos impide que podamos comprender la paradoja hasta cierto punto, aunque nunca totalmente.

Como consecuencia de esto, hasta el momento, tenemos que el Particular es ahora el determinante último de su actuar, gracias a su relación con lo absoluto, claro, pero finalmente esta relación también es privada: el Particular se encuentra aislado en ésta, uno solo con su fe; y lo universal es en consecuencia, subordinado, relativo. En una ética universalista como la kantiana, el Particular también es el determinante último de su actuar, puesto que su albedrío es libre, pero sin embargo, siempre puede encontrar refugio en saber que lo que hace está bien, y en que otros podrán comprenderlo. Es finalmente una ética radicalmente comunicativa. Y es justamente la imposibilidad de la comunicación lo que aísla al Particular, así:

[…] está en una soledad universal donde jamás se oye una voz humana, y camina solo, con su terrible responsabilidad a cuestas.

Quisiera remarcar, justamente, el espantoso πάθος que rodea esta nueva responsabilidad que recae sobre él. No es cómodo ser el Particular, y como tal, sobreponerse a lo universal, puesto que ipso facto, se está aislando de los demás individuos, de ser comprendido y amparado, y queda solo en su actuar. Haríamos bien, siguiendo la recomendación de Johannes, en imaginar el viaje de 3 días y medio que tuvo que recorrer Abraham hasta llegar al monte Moriah, sabiendo lo que tenía que hacer, y en completa soledad, no solamente física, sino espiritual.

Apenas hemos mencionado lo absurdo, y se nos vuelve a estas alturas imprescindible profundizar en la cuestión. De manera rápida, y usando el lenguaje de la obra, podríamos decir que el absurdo aparece cuando el Particular entra en absoluta relación con lo absoluto. Pero tendríamos que preguntarnos por la verdadera significación de esto.

En primer lugar, debemos aclarar cómo es que el Particular se coloca por encima de lo universal, como superior, y mediante este universal. Supongamos que un Particular, un individuo cualquiera, transgrede el universal, o sea, actúa de manera inmoral. Pone sus intereses particulares por sobre su deber ético. Esto es cualquier cosa menos absurdo. En realidad, es completamente racional. Si quiero más dinero (y disculpen por el superficial ejemplo), entonces dejo de pagar impuestos o le robo a alguien. Pongo mis intereses por encima de los de los demás, por encima del universal, pero me sigo manejando dentro de su racionalidad, sigo subordinado a éste, aunque transgrediéndolo. El absurdo no entra por ningún lado. Sin embargo, ¿quién podría entender que, siendo el dinero lo que más quiera en la vida, regale todas mis posesiones? Sería sin lugar a dudas un acto absurdo. No obstante, ¿es todo acto absurdo una relación absoluta del Particular con lo absoluto? Por supuesto que no, pero lo terrible es que el espectador nunca podrá saberlo, ¡y ni siquiera el Particular mismo! No hay, pues, certeza alguna.

Ahora, ¿cómo se da, entonces, esta superación del universal por el Particular mediante el universal mismo? No hay una receta, claro, pero sí es necesario que el individuo acoja al universal dentro de sí, o sea, en un actuar ético, y a pesar de querer realizar este actuar ético más que nada, no lo haga, sino que en virtud del absurdo, renuncie a él. Sin embargo, tanto como el Particular renuncia al objeto que quiere (como Abraham renuncia a Isaac), lo recupera también en virtud del absurdo.

Quisiera, a partir de este momento, dejar cualquier interpretación religiosa y explicar la significación que esto podría tener en una filosofía de carácter existencialista.

Tenemos que en el ejemplo de Abraham, él recupera a Isaac en virtud del absurdo, pero esto podría traducirse sin problemas a que Dios se lo devuelve. ¿Cómo podría sostenerse esto, entonces, en un contexto ateo, sin Dios?

Hemos dicho que el Particular tiene que acoger el universal dentro de sí, y luego, sin embargo, rechazarlo, renunciar a él, pero sin dejar de querer realizarlo, en un movimiento absurdo y sin sentido. Pero si no hay Dios al cual llegar, ¿qué logramos con esto? ¿Quién o qué nos devuelve a Isaac?

En una moral universalista, me atrevería a decir, nuestra libertad está sujeta, o es, siempre en relación a algo. En el caso de Kant, por ejemplo, la libertad es con respecto a la ley moral una mera facultad. Entonces, podemos internalizar el deber, hacerlo nuestro, expresar el universal en cada momento, con cada partícula de nuestro ser, y justamente por eso, tenemos una libertad que nos asegura, que nunca nos abandona.

Es sobre este punto, la libertad, que quisiera hacer la conexión con la filosofía existencialista, no abordando ésta desde un punto de vista teórico, como podría ser el expresado por Jean-Paul Sartre en El ser y la Nada, sino más bien adentrándonos en ella mediante sus obras de ficción, que es dónde me parece más rica.

Si es que se ha tenido contacto con las novelas de Albert Camus, o con sus obras de teatro, al igual que con las del mismo Sartre, se habrá podido notar que están plagadas de personajes cuyo actuar en muchos casos resulta difícil de entender. ¿Podríamos explicar las acciones de Cayo Calígula simplemente como motivadas por la locura, o por el trauma de la pérdida de su amada, y por lo tanto, como inmorales? ¿No sería acaso lo mismo que tildar a Abraham de asesino? Lo que pretendo señalar es que de alguna forma estos personajes entran (o intentan entrar) en absoluta relación con el absoluto, ya no en el sentido de Dios, sino de una realidad absurda y carente de sentido, que no puede ser explicada en términos éticos, en el mismo sentido que la paradoja no puede ser mediada por el universal.

Quiero remitirme, a continuación, a un ejemplo en particular; a un personaje de la obra de teatro de Sartre llamada El diablo y Dios, que me parece nos puede ayudar a entender el problema.

Goetz es un sangriento general durante la guerra del campesinado en la Alemania del siglo XVI. Actúa sin ningún remordimiento, violando mujeres, empalando niños y torturando hombres, incluso habiendo traicionado a su hermano, y pretendiendo hacer el mal por el mal mismo (aunque Kant diría que esto es imposible). Sin embargo, es confrontado por un cura llamado Heinrich, que lo descalifica diciéndole que todos los hombres hacen el mal, y que es el bien lo que nos está prohibido hacer en este mundo. Goetz se siente desafiado, y repentinamente decide que va a intentar hacer el bien, y hace una apuesta con Heinrich, según la cual tiene un año y un día para demostrarle que lo ha logrado. Pero decide dejar esta decisión, sobre si aceptar la apuesta o no, en las manos de Dios, tirando los dados. En caso de perder, tendría pues que seguir la voluntad divina y hacer el bien. Habiendo tirado su contrincante un dos y un uno, Goetz hace trampa y saca voluntariamente un par de ases, perdiéndose así a la voluntad de Dios.

Se da pues, un cambio total en Goetz, quien estando a punto de entrar a una ciudad y matar a sus veinte mil habitantes, decide unirse a los pobres y ayudarlos, siguiendo la doctrina cristiana del bien al pie de la letra, tratando de fundar una ciudad basada en el amor. Pero en el contexto de la guerra, la ciudad simplemente se vuelve insostenible, y los pobres que Goetz pretende defender, se ven ante una amenaza inminente, y que planea ignorar, para seguir predicando el amor. Eventualmente, se ve obligado a abandonarlos puesto que se da cuenta que no puede hacer nada por ellos, y que al intentar ayudarlos, no hizo más que perjudicarlos. Desesperado, se encuentra con Heinrich, justo para el momento de ser juzgado habiendo pasado un año y un día. Goetz acepta, pues, que ha fracasado, pero se pregunta por qué Dios prohíbe al hombre hacer el Bien, a la vez que le otorga el deseo de lograrlo.

Podríamos decir que Goetz está honestamente tratando de practicar el universal, aunque en una versión quizás algo caricaturesca del mismo. Sin embargo, en el clímax de su juicio ante Heinrich, le ocurre una revelación, que me parece necesario mostrar:

Heinrich: ¿Para qué simulas hablarle [a Dios]? De sobra sabes que no responderá.

Goetz: ¿Y por qué ese silencio? Él, que se hizo visible a la burra del profeta, ¿por qué se niega a mostrárseme?

Heinrich: Porque tú no cuentas. A Dios le importa un bledo que tortures a los débiles o te martirices a ti mismo, que beses los labios de una cortesana o los de un leproso, que mueras de privaciones o de voluptuosidades.

Goetz: ¿Quién cuenta, entonces?

Heinrich: Nadie. El hombre no es nada. No te hagas el sorprendido; siempre lo supiste. Lo sabías cuando echaste los dados. ¿Por qué, si no, hubieses hecho trampa? (Goetz trata de hablar.) Hiciste trampa: Catalina te vio, forzaste la voz para cubrir el silencio de Dios. Las órdenes que pretendes recibir, eres tú quien te las envías.

Goetz (reflexionando): Sí, yo.

Heinrich (sorprendido): Pues sí. Tú mismo.

Goetz (el mismo tono): Sólo yo.

Heinrich: Sí, te digo que sí.

Goetz (levantando la cabeza): Sólo yo, cura, tienes razón. Sólo yo. Yo suplicaba, mendigaba un signo, enviaba al cielo mis mensajes; y no había respuesta. El cielo ignora hasta mi nombre. A cada minuto me preguntaba lo que podía ser yo a los ojos de Dios. Ahora sé la respuesta: nada. Dios no me ve, Dios no me oye, Dios no me conoce. ¿Ves ese vació por encima de nuestras cabezas? Es Dios. ¿Ves esa brecha en la puerta? Es Dios. ¿Ves ese agujero en la tierra? También es Dios. El silencio, es Dios. La ausencia, es Dios. Dios es la soledad de los hombres. Estaba yo solo; yo solo decidí el Mal; solo, inventé yo el Bien. Fui yo quien hizo trampa, yo quien hizo milagros, yo quien me acuso hoy, sólo yo puedo absolverme; yo, el hombre. Si Dios existe, el hombre es nada; si el hombre existe... ¿Adónde vas?

Expliquemos esto haciendo uso de los términos que hemos venido utilizando. El Particular (Goetz), habiendo estado sometido a lo universal (o sea, el Bien identificado con la voluntad divina), logra relacionarse con lo absoluto (en este caso la conciencia de que no hay Dios, sólo el hombre, y por lo tanto, una realidad absurda, carente de un orden moral), y en virtud de esto, el peso de todas sus decisiones cae sobre sí mismo, y no tiene nada ya en qué refugiarse. Hay que aclarar que Goetz no ha abandonado el universal, pero habiéndolo perdido, lo ha recuperado, y justamente en virtud del absurdo. Se mantiene en él la voluntad de hacer el bien hacia los demás hombres.

Y justamente esto nos lleva al último punto que quisiera señalar. Al entrar en esta absoluta relación con el absoluto, en el territorio del absurdo, más allá del bien y el mal, perdemos de alguna forma lo terrenal, puesto que podríamos fácilmente caer en un nihilismo extremo. No hay un motivo ético para no hacerlo. ¿Cómo, entonces, recuperamos el mundo? Sólo el en virtud del absurdo nos puede salvar, la fe. No nos olvidemos, pues, que efectivamente Abraham recupera a Isaac gracias a su fe, no lo pierde. Igualmente, Goetz obtiene una vitalidad que antes no poseía. Estando dispuesto a morir, recupera su propia vida, y más importante aún, el control total de sus acciones y de su destino.


martes, 16 de septiembre de 2008

Cita - IV

Desde que pusiera la cita anterior, debo confesar no haber leído mucho a Kierkegaard, sino más bien a Asimov y a Kant, pero ahora sí estoy avanzando con Temor y temblor a gran velocidad, y me topé con un nuevo fragmento que quisiera compartir.

The absolute duty can lead one to do what ethics would forbid, but it can never lead the knight of faith to stop loving. Abraham demonstrates this. In the moment he is about to sacrifice Isaac, the ethical expression for what he is doing is: he hates Isaac. But if he actually hates Isaac, he can rest assured that God does not demand this of him, for Cain and Abraham are not identical. He must love Isaac with his whole soul. Since God claims Isaac, he must, if possible, love him even more, and only then can he sacrifice him, for it is indeed this love for Isaac that makes his act a sacrifice by its paradoxical contrast to his love for God.
Søren Kierkegaard.


jueves, 24 de julio de 2008

Cita - III

Estoy leyendo, pues, "Temor y temblor", de Søren Kierkegaard; y ya desde el comienzo, se me muestra claramente que el libro será una buena fuente de citas para este serial. Como estoy leyendo una edición en inglés, la pondré, bueno, en inglés.

There was one who was great by virtue of his power, and one who was great by virtue of his wisdom, and one who was great by virtue of his hope, and one who was great by virtue of his love, but Abraham was the greatest of all, great by that power whose strenght is powerlessness, great by that wisdom whose secret is foolishness, great by that hope whose form is madness, great by the love that is hatred to oneself.
Søren Kierkegaard.


A ver quién me explica eso.

martes, 22 de julio de 2008

El absurdo, la filosofía, y... Wonderfalls!

Creo haberlo mencionado antes, pero de todas las cosas a las que me dedicaré en este mes de vacaciones, entre las que se encuentran 1. pasar la expansión de Warcraft 3, The Frozen Throne; 2. pasar Mass Effect por segunda vez y tratar de resistir mi sentido moral y destruir la maldita Citadel ahora sí; 3. ordernar mi cuarto; 4. leer toda la serie de la "Fundación", de Isaac Asimov; y otras más, seguro.

La mencionada Citadel en Mass Effect.

Bueno, como decía, entre todas esas cosas, hay una que sin duda se destaca por su carácter más... mmm... trascendental, digamos. Hablo de preparar mi ponencia para el Congreso Nacional de Estudiantes de Filosofía.

Primero había pensado hacer una adaptación de un ensayo que hice el año pasado, pero finalmente he decidido ahondar más en el tema, y por eso, le estaré entrando con fuerza a "Temor y temblor", de Søren Kierkegaard, pues el tema que estaré trabajando está centrado en ese libro.

Sin dar más vueltas, trataré de explicar un poco de dónde es que parto exactamente. Kierkegaard, en sus primeros escritos pertenecientes a la autoría indirecta, delimita tres posibles etapas en el camino de la vida: la estética, la ética y la religiosa (para una breve explicación de las dos primeras, y de las etapas en general, revisen este post). Justamente, tras haber explicado la segunda etapa en la segunda parte de su excelente libro "O lo uno o lo otro", y que aparenta ser autosuficiente, Kierkegaard nos sorprende con la tercera etapa: la religiosa.

Explicada de manera muy breve, la etapa, o estadio religioso, consiste en ponerse a uno mismo por encima de lo ético, en la medida que lo ético es lo general/universal, válido para todos; pero no de una forma en que simplemente se transgredan ciertas normas, pues aquéllo sería simplemente inmoral, sino que se haga mediante la relación del particular (con particular me refiero a un individuo concreto) con algo que consideremos superior a lo ético, a lo general/universal, o sea, una especie de absoluto (en el ejemplo de Kierkegaard el absoluto es obviamente Dios). Pero este absoluto, en la medida que es superior a lo ético, puede ir directamente en contra de lo general/universal, o sea, puede ser inmoral, y además, no es simplemente un nuevo juego de reglas, puesto que de ser fijas, se volverían igualmente válidas para todos, y reemplazarían a lo ético, sino que se dan siempre en la relación con el particular, por lo que es éste quien, en su calidad de particular, se pone por encima de lo general, y su relación con lo absoluto queda estrictamente en la esfera privada entre ambas partes.

Como ya dijimos, lo absoluto puede ir directamente en contra de lo general/universal, de la razón, y esto lo hace absurdo. Así, tenemos un absoluto irracional (o simplemente más allá de la razón), pero superior a la razón y a la ética. Esta es la sombría propuesta de Kierkegaard. Parece extrema, pero se nos muestra como la única forma de salvar a la fe de los límites de la mera razón.

La experiencia me señala que es verdaderamente difícil digerir esto, y no podría ser de otra manera, puesto que Kierkegaard presenta el problema como una paradoja que escapa los límites de la racionalidad, y en este sentido, equivalente a un absurdo como podríamos ver en la filosofía existencial francesa del siglo XX.

Ahora, lo interesante del estadio religioso es que es muy difícil encontrar ejemplos del mismo. Sin duda Kierkegaard escoge el ejemplo preciso para su libro "Temor y temblor", pues usa nada más y nada menos que al padre de la fe, Abraham, refiriéndose particularmente a la parte en que Dios le pide sacrificar a Isaac. Y para mi ensayo, usé un personaje de la obra de teatro "El diablo y Dios", de Jean-Paul Sartre, pero la verdad es que me quedan dudas de si es que se aplica correctamente.

De forma paralela, en esta primera semana de vacaciones, tuve la fortuna de ver por segunda vez la excelente serie de televisión llamada "Wonderfalls", del 2004, y que fue cancelada durante su primera temporada, concluyendo con apenas trece episodios (la primera fue en el 2004 cuando la Fox la pasó enterita acá en latinoamérica).

El elenco de la serie "Wonderfalls".

Recién ayer, al terminarla, algo me hizo click, y me di cuenta que el personaje de Jaye Tyler, una joven de 24 años graduada en Filosofía por la prestigiosa Universidad de Brown, y que, sin embargo, o tal vez sería más apropiado decir "consecuentemente", trabaja como empleada en una tienda de souvenirs en las cataratas del Niágara, resultaba como un ejemplo perfecto de este último estadio kierkegaardiano. Un día, de pronto, figuras con forma de animales (como un oso de peluche o el dibujo de una serpiente en un polo) le empiezan a hablar de forma bastante críptica, ordenándole que haga determinadas cosas.

En cada capítulo, por lo general, los absurdos mensajes como "no le devuelvas el dinero" a cierta cliente, van tomando forma y terminan integrando parte de un plan mayor, aunque completamente imprevisible desde un inicio. Así, una desconcertada Jaye, se encuentra obedeciendo los mandatos, algunos explícitamente inmorales, simplemente porque estas voces pueden hasta impedirle dormir si no son correspondidas. Tenemos, también, que a lo largo de la serie, Jaye, de manera muy lógica, se cuestiona su propia sanidad mental (sé que se dice "cordura" en español), pero termina sometiéndose a esta fuerza mayor, por más que al final se le pida abandonar lo que más le importa en la vida. Un verdadero salto de fe.

Así, haciendo la relación explícita, Jaye (el particular), se sobrepone ante lo general/universal porque las voces (lo absoluto/absurdo) le dicen que lo haga, incluso si una acción parece inmoral, y esto es importante, porque no es que se desconozca lo ético: se sabe muy bien qué está bien y qué esta mal, pero esto no importa. Se añade, también, que ella es conciente de lo absurdo de su situación. Sabe que puede estar loca. Sin duda, al tratar de comunicarlo, esa es la reacción de sus interlocutores. Por dicho motivo, se encuentra sola.

Pero Jaye tiene fe, me parece, en el sentido muy particular que propone Kierkegaard, y renuncia a tanto se le pide. ¿Y al final? Bueno, vean la serie. Está en internet y hasta en polvos.

Para terminar, aclaro que no integraré este ejemplo para mi ponencia (quizás el próximo año). Simplemente lo pongo porque me parece bastante sugerente, y espero me sirva tenerlo en cuenta a la hora de releer "Temor y temblor". Además, la serie es buenísima y la quería recomendar.

Me despido, pero los dejo, de forma casi gratuita, con el tema musical de la serie, pero en su integridad. Es genial.

Andy Partridge - I Wonder Why The Wonder Falls

domingo, 13 de julio de 2008

Rojo

Estoy de vacaciones. El tiempo me sobra. ¿Qué hacer? Cambiar el diseño del blog, claro. Y a su vez, el banner. Así, un libro que compré hace poco más de un año, y que resulta es mi libro favorito de filosofía, y que, además, estaré releyendo en este mes para preparar mi ponencia del Congreso de Estudiantes de Filosofía de final de año, sirvió de inspiración para el diseño. Hablo de Temor y temblor, de Søren Kierkegaard. Y en particular, de la siguiente edición en inglés:

Link a la entrada original.

Así que el diseño queda, por más que no les guste. Lo único que tengo un poco duda es el color naranja para los links ya visitados, pero es que no hay otra tonalidad de rojo más. En todo caso, acepto sugerencias.

Se despide su fielmente incondicional servidor.

Martín.

jueves, 5 de junio de 2008

Elliot Smith - Either/Or

A falta de un día para el primer aniversario de este blog, que pasaré a denominar a partir de ahora como... mmm... B-Day, pongo un disco que encontré justamente hoy (o ayer, en realidad), de Elliott Smith, a quien escuché muy casualmente y sin prestar atención hace un par de años, y que se llama Either/Or.

Resulta, pues, que dicho título equivale a decir "o lo uno o lo otro", o "enten-eller", y como ustedes, avispados lectores, seguramente ya notaron, es también el título de este blog.

Efectivamente, Elliott Smith tomó también el título de la magna obra de S
øren Kierkegaard como inspiración para su disco, así que lo pongo, a pesar de haberlo escuchado apenas una vez, de todas formas.

Para la explicación de por qué este blog se llama así, vean estos dos links: O lo uno o lo otro. Para la explicación de por qué Elliott Smith le puso así a su disco, bueno, escúchenlo, pues.

Elliott Smith - Either/Or [DOWNLOAD]

domingo, 18 de mayo de 2008

Etapas del camino de la vida - I

En honor a la creación de mi nuevo blog (que sin embargo me temo no puedo compartir con la mayoría de ustedes, o sea, el vulgo), quisiera exponer un poco un aspecto bastante importante y esencial del pensamiento de Søren Kierkegaard. Me refiero a la división del "camino de la vida" que él hace en tres etapas. Por eso, inicio esta serie de entradas (serán finalmente dos o tres), muy introductorias, y que espero sirvan para ilustrar algo la cuestión y llevarlo a usted, lector bloguero, a sumergirse en la profundidad del pensamiento kierkegaardiano.

* * *

En el ciclo 2007-1 llevé un curso que me introdujo al pensamiento del filósofo danés Søren Kierkegaard, y más precisamente, a tres etapas que conforman la existencia humana. Estas se darían de manera consecutiva (como un camino), aunque no necesariamente se alcanzarían todas en todos los individuos.


Se partiría, según Kierkegaard, de la etapa estética (en la que la mayoría de personas se encuentran y de la que nunca salen), seguida de la etapa ética, para finalmente llegar y terminar en la etapa religiosa.

La estapa estética, me parece, se entiende mejor al ver la ética, o sea, viendo lo que no es. Y la ética se caracteriza por el compromiso con la vida propia, con la existencia, pero esta atravezada, o mejor dicho, impregnada del universal, que la hace inteligible a las demás personas.

Ahora, lo que hay que entender es que este "estar impregnado" por un universal, que lo hace ético, no es tan sencillo como suena. Muchas personas siguen normas que son a la vez universalizables. En ese sentido, están siguiendo al universal, mas no lo llevan dentro de sí. Es muy parecido a lo que dice Kant sobre cómo la mayoría de acciones se dan de acuerdo al imperativo categórico, pero no parten de él, y en ese sentido, no son éticas. Por eso mismo es que la mayoría de las personas nunca alcanzan esta etapa.

Sin embargo, cabría añadir un par de cosas más en las que Kierkegaard hace énfasis, para no simplemente mostrar esta etapa ética como idéntica a la kantiana. Kierkegaard se preocupa, pues, por la importancia de la elección. Está claro que incluso durante un día, elegimos diferentes cosas, pero estas se quedan en la esfera estética. La elección que enfatiza Kierkegaard es un "elegirse a uno mismo", y no sometido a nada ajeno a él, sino con el universal que a interiorizado tanto que lo lleva dentro de sí y lo hace libre, le da seguridad. El caracter existencial de esta etapa queda entonces manifiesto de manera muy clara (sin aludir a que no esté presente en Kant).

Entonces, volviendo a la etapa estética, se podría decir que esta se da de diversos modos, y muy variados. Por ejemplo, podríamos tener a un Don Juan (ejemplo que usa el mismo Kierkegaard), que no se compromete con nada ni nadie; o podríamos tener a una persona que vive su vida sin jamás cuestionar, por ejemplo, por qué sigue las leyes, si casarse es bueno o no, etc. Y con esto no quiero decir que todas las personas que se encuentren en la etapa ética vayan a ser parecidas, pero la forma en que participan de dicha etapa sí es una sola.

Un excelente ejemplo del paso de la etapa estética a la ética lo tenemos en el personaje de Isak Borg, de la película "Fresas salvajes", de Ingmar Bergman. Para una explicación detallada, hice un ensayo hace ya un buen tiempo.

Y que baste esto, por el momento, para explicar estas primeras dos etapas.

martes, 13 de mayo de 2008

Nuevo blog

Hola, un humor extraño me ha estado atormentando los últimos días (al igual que preguntas cosmológicas de increíble importancia e intensidad), por lo que decidí abrir otro blog. Pero, antes que nada, no se asusten. Este blog seguirá su camino inexorablemente. No se verá alterado o puesto en segundo plano.

Entonces... ¿para qué el otro? Bueno, la verdad es que todavía no estoy seguro, pero sí sé que será un blog privado, para ojos exclusivos. Se llama "Etapas del camino de la vida", en clara alusión al libro de Søren Kierkegaard, que justamente es secuela de otro libro suyo, y que le da nombre a este blog: "O lo uno o lo otro".

En todo caso, y para que este post tenga algún sentido, pongo un screenshot del nuevo blog, para que vean que está bonito.

Etapas del camino de la vida

viernes, 9 de noviembre de 2007

Fresas salvajes

Angustia. No hay mejor palabra para describir el sueño de Isak, al comienzo de la película, y que pongo a continuación. Si no la han visto, la recomiendo. Además, escribí un ensayo relacionado a la misma (además de a Kierkegaard y a una obra de Sartre), al que pueden acceder acá.


viernes, 13 de julio de 2007

El Particular entre el universal y lo absoluto: Diferencia entre el estadio ético y el religioso en “O lo uno o lo otro” y “Temor y temblor”


Todos debemos tomar este camino, pero nuestro Señor sabe mejor cuando es beneficioso.[1]


Sumilla: El objetivo de este ensayo será precisar la diferencia entre el estadio ético y el religioso, tal como se hayan presentes en los libros “O lo uno o lo otro” y “Temor y temblor”, sin entrar en los escritos considerados como parte de la autoría directa de Kierkegaard. El tema puede parecer algo amplio, pero nos enfocaremos en establecer la diferencia entre ambos estadios, más que en describirlos. A la vez, usaremos como referencia la película de Ingmar Bergman “Fresas salvajes”, enfocándonos en el personaje de Isak, y luego la obra de teatro de Jean-Paul Sartre “El diablo y Dios”, usando el personaje de Goetz. Justamente, ver estos dos personajes nos permitirá ilustrar mejor los respectivos estadios, y mostrar la diferencia fuera del ámbito estrictamente teórico y abstracto.


Los escritos del filósofo y teólogo danés Søren Kierkegaard pueden ser separados en dos grandes grupos. El primero, y el que nos interesa para este ensayo, consiste en una comunicación indirecta, en la que el autor se esconde tras pseudónimos, no sólo en cuanto al nombre, sino también respecto de su verdadero punto de vista, creando complejos personajes y dejando que hablen por él. En el segundo grupo tenemos la comunicación directa, en la que, por decirlo de algún modo, Kierkegaard dice “lo que piensa”.

Pero justamente las dos obras que hemos escogido pertenecen a la autoría indirecta, y esto nos exige algunas consideraciones generales previas. Los fragmentos que citaremos de ambos libros no serán, pues, palabras de Kierkegaard en cuanto tal, sino escondido tras dos de sus personajes: el del Juez Vilhelm en el caso de “O lo uno o lo otro” y el de Johannes de Silentio en “Temor y temblor”. De esta forma, no estaremos abordando el pensamiento de Kierkegaard de manera directa, sino tangencial.[2]

Habiendo señalado eso, creo que en ambos personajes está expresado lo central de ambos estadios, por lo que el fruto de la presente investigación podría ser proyectado a una escala mayor en el pensamiento de Kierkegaard, aunque no cuento con la autoridad necesaria para afirmarlo de manera absoluta.

Empezaremos, entonces, por ver la figura del hombre ético como está presente en “O lo uno o lo otro”, para luego hacer lo mismo con la del religioso en “Temor y temblor”, y finalizar examinando a los personajes de Isak y de Goetz, de “Fresas salvajes” y de “El diablo y Dios” respectivamente, de modo tal que la comparación nos ayude a establecer definitivamente la diferencia entre ambos estadios.

El aut-aut[3] o la necesidad del compromiso.

El hombre ético, en la segunda parte de “O lo uno o lo otro”, es presentado en contraposición al hombre estético. Es el Juez Vilhelm, quien por medio de cartas, le trata de explicar al esteta denominado simplemente como “A” (y autor de los escritos de la primera parte), por qué es que debe abandonar el modo de vida que lleva, puesto que se dirige a una irremediable perdición.[4]

El momento clave que diferencia al hombre ético del estético es el de la elección. El esteta podrá tomar una multiplicidad de decisiones, pero todas de carácter inmediato, sin verdadera trascendencia para su vida. La elección ética es, entonces, la elección absoluta que separa el bien del mal. Añade el Juez:

Se trata de saber bajo qué determinaciones se quiere considerar toda la existencia y vivir uno mismo.[5]

Pero hay una estrecha relación entre los conceptos de elección y de personalidad, clave para entender lo que el Juez entiende por ética. Lo que se debe elegir es justamente uno mismo, su propia personalidad. Así, el bien que se elige es algo abstracto, pero la elección misma no lo es. La personalidad debe hundirse en lo que se ha elegido[6], de modo que:

El individuo tendrá entonces conciencia de ser ese individuo preciso, con esas capacidades, esas disposiciones, esas aspiraciones, esas pasiones, influido por un ambiente preciso, resultado preciso de un ambiente preciso. Pero, al tomar así conciencia de sí mismo, acepta todas esas cosas bajo su responsabilidad.[7]

Más que una ética abstraída del individuo particular, se busca una ética en la que el deber se vea como algo interno, y no externo: lo general expresado en el Particular, para ir adelantando los términos de “Temor y temblor”. Así, el Particular no ve al universal como algo externo, ajeno a sí, sino que más bien lo asimila, se vuelve en éste, sólo así, logra realizar la ética[8] tal como la entiende el Juez Vilhelm.

De esta forma, el hombre ético se tiene a sí mismo como tarea permanente, puesto que no logra realizar lo ético (lo universal, lo general) más que dentro de sí, expresándolo constantemente en su particularidad, porque lo ético es algo abstracto que no se puede dar por sí mismo. Así se da la unión entre lo ético y lo estético. Esto último no se abandona, sino que justamente se recupera, pero sometido a lo ético, que es a lo que aspira, no como algo externo, sino dentro de sí, puesto que:

[…] el hombre general no es un fantasma, sino que todo hombre es el hombre general, lo cual significa que el camino por el cual se hace hombre general está abierto a todo hombre.[9]

Para finalizar con esta breve descripción del ético, quisiera hacer énfasis una vez más en la importancia de la elección. El Juez contrapone la elección al conocimiento[10] usando la famosa frase γνθι σεαυτόν[11], modificándola a “elígete a ti mismo”, haciendo énfasis en la acción, y criticando una actitud estrictamente reflexiva y teórica, que no tiene consecuencias en la personalidad ni en la vida misma. El bien no se conoce, sino que se elige y se hace, podríamos decir.

Pasaremos ahora a examinar el estadio religioso, tal como está expuesto en “Temor y temblor”.

Abraham y la fe en virtud del absurdo.

El argumento de Johannes de Silentio en “Temor y temblor” es simple: si es que no hay nada más elevado que la ética en este mundo, y tampoco nada inconmensurable en el hombre más allá de ésta, entonces nunca existió la fe, precisamente porque siempre existió, y en consecuencia, Abraham está perdido. Pero sin embargo, hay efectivamente algo que está más allá de lo general, y eso es lo absoluto (Dios, en el ejemplo de Abraham). Este absoluto entra en relación con el Particular mediante la fe de la siguiente forma:

La fe consiste precisamente en la paradoja de que el Particular se encuentra como tal Particular por encima de lo general, y justificado frente a ello, no como subordinado, sino como superior. Conviene hacer notar que es el Particular quien después de haber estado subordinado a lo general en su cualidad de Particular llega a ser lo Particular por medio de lo general; y como tal, superior a éste, de modo que el Particular como tal se encuentra en relación absoluta con lo absoluto. Esta situación no admite la mediación, pues toda mediación se produce siempre en virtud de lo general; nos encontramos pues, y para siempre, con una paradoja por encima de los límites de la razón.[12]

Tenemos pues, en el centro del argumento, una compleja paradoja, que simplemente no puede ser resuelta por la razón, puesto que se haya por encima de ésta, pero que sin embargo, puede ser comprendida hasta cierto punto[13], así que nuestra labor será la de aclararla lo más posible.

En primer lugar, debemos diferenciar lo general de lo absoluto, en otras palabras, lo ético de lo divino. Es cierto que ambas esferas[14] pueden coincidir, pero en ese caso, y de Silentio es decisivo al respecto, la fe no sería necesaria, las categorías filosóficas griegas bastarían[15], y nuevamente, Abraham estaría perdido. Es gracias al ejemplo de Abraham que nos damos cuenta de que ambas esferas no coinciden, y que la de lo absoluto se haya por encima, puesto que no hay forma de reconciliar la acción de Abraham con lo general, pues un padre tiene un deber para con su hijo, y lo que se le exige a Abraham no sobrepasa este deber en el sentido ético, puesto que no se le ha pedido que actúe por un bien mayor, como podría ser el bienestar de un pueblo, tampoco hay una racionalidad de por medio, en el sentido que Dios no se encontraba enfadado por algo que Abraham hizo; simplemente se lo pidió, y Abraham actuó porque creía, en virtud de lo absurdo.

O es un asesino, o es un creyente, y, como se ve, no hay lugar para la mediación.

Pero hay que tener en cuenta, en segundo lugar, que Abraham amaba a Isaac más que a nada en el mundo, y eso es importante, porque aquello significa que él siente un deber ético de no hacerle daño, y es justamente este deber lo que el combate, en absoluta soledad, para realizar el sacrificio. Así, Abraham (el Particular) antepone su relación con Dios (lo absoluto) a su deber ético (lo general), pero justamente habiendo pasado por éste, rechazándolo sin abandonarlo del todo, y en ese sentido tenemos la paradoja, puesto que él no puede conciliar el amor que siente por su hijo (y su deber ético) con su deber hacia lo absoluto, pues al sacrificarlo, no lo deja de amar, justamente, lo ama más que nunca, y desde el punto de vista del espectador, todos observamos desde lo general, pero el Particular está solo en su relación con lo absoluto, puesto que sólo puede comunicarse y hacerse inteligible con otros en virtud de lo general, pero como ya dijimos antes (ver nota 13), eso no significa que no podamos comprender la paradoja y la situación que vive el Particular hasta cierto punto.

A modo de resumen, tratando de dejar de lado completamente el ejemplo particular de Abraham, y generalizando en la medida que sea posible, tenemos al Particular como determinante último de su actuar, gracias a su relación con lo absoluto, claro, pero finalmente esta relación también es privada: el Particular se encuentra aislado en ésta, uno solo con su fe; y lo general es en consecuencia, subordinado, relativo. La confianza y la tranquilidad que otorgaba realizar el universal en cada uno, como nos aconsejaba el Juez, se ha ido. El Particular:

[…] está en una soledad universal donde jamás se oye una voz humana, y camina solo, con su terrible responsabilidad a cuestas.[16]

Quisiera remarcar, para finalizar con esta parte, el espantoso πάθος que rodea esta responsabilidad que recae sobre el Particular. No es cómodo ser el Particular[17], y como tal, sobreponerse a lo general, puesto que ipso facto, se está aislando de los demás individuos, de ser comprendido y amparado, y queda solo en su actuar. Haríamos bien, siguiendo la recomendación de Johannes[18], en imaginar el viaje de 3 días y medio que tuvo que recorrer Abraham hasta llegar al monte Moriah, sabiendo lo que tenía que hacer, y en completa soledad.

Procederemos ahora a aplicar la figura del hombre ético al personaje de Isak, de modo que terminemos de delimitar dicho estadio, para finalmente concluir con Goetz y la diferenciación definitiva entre ambas esferas.

La salvación del ético en “Fresas salvajes”.

Isak Borg es un doctor en medicina y profesor, que a su avanzada edad, se encuentra en las vísperas de recibir un homenaje en la Universidad de Lund por su larga y respetable trayectoria. Angustiado por un sueño, decide manejar desde Estocolmo, acompañado de la esposa de su hijo, Marianne. En el camino, conocerá a una diversidad de personajes, a la vez que recuerda su juventud y particularmente, a su prima Sara, a quien amó, pero finalmente fue abandonado por ésta por su hermano, con quien posteriormente se casó.

A lo largo de este viaje, se notará un desarrollo en la personalidad de Isak, a tal punto que afirmaremos que recién éste alcanza el estadio ético, tal como es entendido por el Juez Vilhelm, al final de la película. Y para demostrar esto, nos centraremos en el asunto de la deuda que tenía con su hijo Gunnar.

Al inicio del viaje, Isak tiene una tensa conversación con Marianne acerca de un préstamo que le hizo a su hijo, y a pesar de que la joven pareja tiene dificultades para pagársela, e Isak no necesita el dinero, éste insiste en que su hijo le hizo una promesa, y por lo tanto, debe cumplirla. Este hecho me parece es paradigmático de la actitud “ética” que tiene Isak, y uso la palabra entre comillas puesto que dicha actitud se diferencia radicalmente de lo ético tal como lo entiende el Juez, que nos dice:

[...] no puedo imaginar existencia más desgraciada o más penosa que la del hombre para quien el deber se ha hecho exterior y que, sin embargo, siempre desea realizarlo.[19]

Justamente así podríamos entender la actitud de Isak hacia el deber, al que ve como una multiplicidad de proposiciones particulares[20], en este caso, la de “las promesas deben de cumplirse siempre”, y abandona cualquier mayor compromiso hacia lo universal, entendido de manera más amplia.

Sin embargo, hacia el final de la película, y gracias a una dialéctica con el resto de personajes (cosa que denota la importancia de la comunicación con otros en el estadio ético, que no está presente en el religioso), Isak sufre una transformación y termina por perdonar la deuda a su hijo, un acto perfectamente entendible desde lo general, que es justamente expresado por el Particular mediante el amor por el hijo, que se sobrepone a cualquier concepción limitada sobre una ética mal entendida y prácticamente insostenible frente a la estética.

Así pues, lo religioso no juega ningún papel en esta película, y el desarrollo de Isak es absolutamente explicable en el terreno de la ética, situación que trataremos de probar no es el caso con el personaje de Goetz en “El diablo y Dios”.

La muerte de Dios como el triunfo de lo religioso.

El personaje de Goetz es un sangriento general durante la guerra del campesinado en la Alemania del siglo XVI. Actúa sin ningún remordimiento, violando mujeres, empalando niños y torturando hombres, incluso habiendo traicionado a su hermano, y pretendiendo hacer el Mal por el Mal mismo. Sin embargo, es confrontado por un cura llamado Heinrich, que lo descalifica diciéndole que todos los hombres hacen el Mal, y que es el Bien lo que está prohibido en este mundo. Goetz se siente desafiado, y repentinamente decide que va a intentar hacer el Bien, y hace una apuesta con Heinrich, según la cual tiene un año y un día para demostrarle que lo ha logrado. Pero decide dejar esta decisión en las manos de Dios, tirando los dados. En caso de perder, tendría pues que seguir la voluntad divina y hacer el Bien. Habiendo tirado su contrincante un dos y un uno, Goetz hace trampa y saca un par de ases, perdiéndose así a la voluntad de Dios.

Se da pues, un cambio total en Goetz, quien habiendo estado a punto de entrar a una ciudad y matar a sus veinte mil habitantes, decide unirse a los pobres y ayudarlos, siguiendo la doctrina cristiana del Bien al pie de la letra, tratando de fundar una ciudad basada en el amor.

Pero en el contexto de la guerra, la ciudad simplemente se vuelve insostenible, y los pobres que Goetz pretende defender, se ven ante una amenaza inminente, que Goetz planea ignorar, para seguir predicando el amor. Finalmente, se ve obligado a abandonarlos puesto que se da cuenta que no puede hacer nada por ellos, y que al intentar ayudarlos, no hizo más que perjudicarlos. Desesperado, se encuentra con Heinrich, justo para el momento de ser juzgado habiendo pasado un año y un día. Goetz acepta, pues, que ha fracasado, pero se pregunta por qué Dios prohíbe al hombre hacer el Bien, a la vez que le otorga el deseo de lograrlo.

Podríamos preguntarnos hasta este punto si es que Goetz alcanzó verdaderamente el estadio ético. Sin duda estamos ante una visión algo caricaturesca del mismo, pero me parece que podríamos afirmar que efectivamente Goetz está buscando un fundamento para su actuar, en este caso el Bien, lo general, que es el amor por los hombres. Tenemos aquí integrado lo ético con lo divino, ambos expresiones del Bien.

Sin embargo, en el clímax de su juicio ante Heinrich, le ocurre una revelación, que me parece imperativo mostrar:

Heinrich: ¿Para qué simulas hablarle? De sobra sabes que no responderá.

Goetz: ¿Y por qué ese silencio? Él, que se hizo visible a la burra del profeta, ¿por qué se niega a mostrárseme?

Heinrich: Porque tú no cuentas. A Dios le importa un bledo que tortures a los débiles o te martirices a ti mismo, que beses los labios de una cortesana o los de un leproso, que mueras de privaciones o de voluptuosidades.

Goetz: ¿Quién cuenta, entonces?

Heinrich: Nadie. El hombre no es nada. No te hagas el sorprendido; siempre lo supiste. Lo sabías cuando echaste los dados. ¿Por qué, si no, hubieses hecho trampa? (Goetz trata de hablar.) Hiciste trampa: catalina te vio, forzaste la voz para cubrir el silencio de Dios. Las órdenes que pretendes recibir, eres tú quien te las envías.

Goetz (reflexionando): Sí, yo.

Heinrich (sorprendido): Pues sí. Tú mismo.

Goetz (el mismo tono): Sólo yo.

Heinrich: Sí, te digo que sí.

Goetz (levantando la cabeza): Sólo yo, cura, tienes razón. Sólo yo. Yo suplicaba, mendigaba un signo, enviaba al cielo mis mensajes; y no había respuesta. El cielo ignora hasta mi nombre. A cada minuto me preguntaba lo que podía ser yo a los ojos de Dios. Ahora sé la respuesta: nada. Dios no me ve, Dios no me oye, Dios no me conoce. ¿Ves ese vació por encima de nuestras cabezas? Es Dios. ¿Ves esa brecha en la puerta? Es Dios. ¿Ves ese agujero en la tierra? También es Dios. El silencio, es Dios. La ausencia, es Dios. Dios es la soledad de los hombres. Estaba yo solo; yo solo decidí el Mal; solo, inventé yo el Bien. Fui yo quien hizo trampa, yo quien hizo milagros, yo quien me acuso hoy, sólo yo puedo absolverme; yo, el hombre. Si Dios existe, el hombre es nada; si el hombre existe... ¿Adónde vas?

Heinrich: Me voy; ya nada tengo que hacer contigo.

Goetz: Espera, cura; voy a hacerte reír.

Heinrich: ¡Cállate!

Goetz: Pero si todavía no sabes lo que voy a decirte. (Le mira y bruscamente) ¡Tú lo sabes!

Heinrich (gritando): ¡No es verdad! No sé nada, no quiero saber nada.

Goetz: Heinrich, voy a darte a conocer una importante travesura: Dios no existe. (Heinrich se arroja sobre él y le pega. Goetz ríe y grita bajo los golpes.) Dios no existe. ¡Alegría, lágrimas de alegría! ¡Aleluya! ¡Loco! No pegues; te estoy libertando, y libertándome. Ni cielo; ni infierno; sólo la Tierra.[21]

Trataré de explicar el fragmento haciendo uso de las ya familiares categorías kierkegaardianas. El Particular (Goetz), habiendo estado sometido a lo general (el Bien identificado con la voluntad divina), logra relacionarse con lo absoluto (en este caso la conciencia de que no hay Dios, sólo el hombre), y en virtud de esto, el peso de todas sus decisiones cae sobre sí mismo, y no tiene algo ya en qué refugiarse. Hay que aclarar que Goetz no ha abandonado lo general. Se mantiene en él la voluntad de hacer el bien hacia los demás hombres[22], pero su actuar se ha visto modificado de tal forma que su actuar puede parecer contrario a un punto de vista ético, y esto, nuevamente, lo aísla de los demás hombres. La paradoja se muestra claramente en sus palabras finales:

No tengas miedo, no flaquearé. Les causaré horror, ya que no tengo otra manera de amarlos; les daré órdenes, ya que no tengo otra manera de obedecerles; permaneceré solo con este vacío por encima de mi cabeza, ya que no tengo otra manera de estar con todos. Hay que hacer esta guerra y la haré.[23]

Tenemos acá una ejemplificación del estadio religioso de Johannes de Silentio doblemente paradójica[24], puesto que lo religioso consiste justamente en la conciencia de la ausencia de Dios, pero me parece que esto es sólo una diferencia estética, a la que no debemos prestar atención, puesto que deliberar acerca del contenido de “lo absoluto” sería traicionar la intención de Johannes, que justamente nos pide silencio y mantener la razón fuera de los asuntos más elevados.

Tenemos entonces al Particular en completo aislamiento, incapaz de hacer inteligibles sus acciones para los otros. En el caso de Goetz, es su conciencia de la muerte de Dios lo que lo separa de los hombres, de modo que como ya vimos en la última cita, sólo le queda vivir la paradoja, en soledad. Isak, en cambio, ha ganado un refugio al alcanzar lo ético, justamente, en la comunicación que ha logrado y que seguirá ejerciendo con los demás, puesto que no hay nada más hermoso y beneficioso que ser el Particular que se traduce a sí mismo en lo general[25], mientras que Goetz renuncia a lo general para convertirse en Particular.

Pero para finalizar, no nos olvidemos de la capacidad que la fe tiene de recuperar lo mundano, pues, efectivamente, Abraham recupera a Isaac gracias a su fe, no lo pierde. Igualmente, Goetz obtiene una vitalidad que antes no poseía. Estando dispuesto a morir, recupera su propia vida, y más importante aún, el control total de sus acciones y de su destino.



[1] Frase atribuida a su esposa por Hilarius Bookbinder, en “Stages on Life’s Way”. pp. 3.

[2] Por ese motivo, no nos referiremos a Kierkegaard directamente, sino a sus respectivos personajes, puesto que estos habrán de expresar opiniones distintas en incluso opuestas, y podría resultar confuso no hacer la diferencia.

[3] Expresión que denomina “o lo uno o lo otro” en latín.

[4] Ver “Estética y ética en la formación de la personalidad”. pp. 12.

[5] “Estética y ética en la formación de la personalidad”. pp. 23.

[6] Ver “Estética y ética en la formación de la personalidad”. pp. 15.

[7] “Estética y ética en la formación de la personalidad”. pp. 130.

[8] Ver “Estética y ética en la formación de la personalidad”. pp. 136.

[9] “Estética y ética en la formación de la personalidad”. pp. 137.

[10] Ver “Estética y ética en la formación de la personalidad”. pp. 140.

[11] Conócete a ti mismo.

[12] “Temor y temblor”. pp. 112-113.

[13] Ver “Temor y temblor”. pp. 134.

[14] Hablamos de “esferas” en el sentido abstracto, a diferencia de “estadios”, que usamos cuando está incluida la pertenencia de un individuo. Mejor dicho, cuando el individuo pertenece a una esfera, se encuentra en dicho estadio.

[15] Ver “Temor y temblor”. pp. 111.

[16] “Temor y temblor”. pp. 142.

[17] Ver “Temor y temblor”. pp. 136.

[18] Ver “Temor y temblor”. pp. 108.

[19] “Estética y ética en la formación de la personalidad”. pp. 136.

[20] Ver “Estética y ética en la formación de la personalidad”. pp. 136.

[21] “El diablo y Dios”. pp. 228-230.

[22] Ver “El diablo y Dios”. pp. 236.

[23] “El diablo y Dios”. pp. 242.

[24] La primera paradoja sería el estadio religioso de por sí.

[25] Ver “Temor y temblor”. pp. 136.



Bibliografía

BERGMAN, Ingmar. Wild strawberries. Sweden: Svensk Filmindustri, 1957.

KIERKEGAARD, Søren. Estética y ética, en la formación de la personalidad. Buenos Aires: Nova, 1959.

KIERKEGAARD, Søren. Temor y temblor. Madrid: Alianza Editorial, 2001.

KIERKEGAARD, Søren. Stages on Life’s Way. Princeton, New Jersey: Princeton University Press, 1991.

SARTRE, Jean-Paul. El Diablo y Dios. Madrid: Alianza Editorial, 1981.