martes, 22 de julio de 2008

El absurdo, la filosofía, y... Wonderfalls!

Creo haberlo mencionado antes, pero de todas las cosas a las que me dedicaré en este mes de vacaciones, entre las que se encuentran 1. pasar la expansión de Warcraft 3, The Frozen Throne; 2. pasar Mass Effect por segunda vez y tratar de resistir mi sentido moral y destruir la maldita Citadel ahora sí; 3. ordernar mi cuarto; 4. leer toda la serie de la "Fundación", de Isaac Asimov; y otras más, seguro.

La mencionada Citadel en Mass Effect.

Bueno, como decía, entre todas esas cosas, hay una que sin duda se destaca por su carácter más... mmm... trascendental, digamos. Hablo de preparar mi ponencia para el Congreso Nacional de Estudiantes de Filosofía.

Primero había pensado hacer una adaptación de un ensayo que hice el año pasado, pero finalmente he decidido ahondar más en el tema, y por eso, le estaré entrando con fuerza a "Temor y temblor", de Søren Kierkegaard, pues el tema que estaré trabajando está centrado en ese libro.

Sin dar más vueltas, trataré de explicar un poco de dónde es que parto exactamente. Kierkegaard, en sus primeros escritos pertenecientes a la autoría indirecta, delimita tres posibles etapas en el camino de la vida: la estética, la ética y la religiosa (para una breve explicación de las dos primeras, y de las etapas en general, revisen este post). Justamente, tras haber explicado la segunda etapa en la segunda parte de su excelente libro "O lo uno o lo otro", y que aparenta ser autosuficiente, Kierkegaard nos sorprende con la tercera etapa: la religiosa.

Explicada de manera muy breve, la etapa, o estadio religioso, consiste en ponerse a uno mismo por encima de lo ético, en la medida que lo ético es lo general/universal, válido para todos; pero no de una forma en que simplemente se transgredan ciertas normas, pues aquéllo sería simplemente inmoral, sino que se haga mediante la relación del particular (con particular me refiero a un individuo concreto) con algo que consideremos superior a lo ético, a lo general/universal, o sea, una especie de absoluto (en el ejemplo de Kierkegaard el absoluto es obviamente Dios). Pero este absoluto, en la medida que es superior a lo ético, puede ir directamente en contra de lo general/universal, o sea, puede ser inmoral, y además, no es simplemente un nuevo juego de reglas, puesto que de ser fijas, se volverían igualmente válidas para todos, y reemplazarían a lo ético, sino que se dan siempre en la relación con el particular, por lo que es éste quien, en su calidad de particular, se pone por encima de lo general, y su relación con lo absoluto queda estrictamente en la esfera privada entre ambas partes.

Como ya dijimos, lo absoluto puede ir directamente en contra de lo general/universal, de la razón, y esto lo hace absurdo. Así, tenemos un absoluto irracional (o simplemente más allá de la razón), pero superior a la razón y a la ética. Esta es la sombría propuesta de Kierkegaard. Parece extrema, pero se nos muestra como la única forma de salvar a la fe de los límites de la mera razón.

La experiencia me señala que es verdaderamente difícil digerir esto, y no podría ser de otra manera, puesto que Kierkegaard presenta el problema como una paradoja que escapa los límites de la racionalidad, y en este sentido, equivalente a un absurdo como podríamos ver en la filosofía existencial francesa del siglo XX.

Ahora, lo interesante del estadio religioso es que es muy difícil encontrar ejemplos del mismo. Sin duda Kierkegaard escoge el ejemplo preciso para su libro "Temor y temblor", pues usa nada más y nada menos que al padre de la fe, Abraham, refiriéndose particularmente a la parte en que Dios le pide sacrificar a Isaac. Y para mi ensayo, usé un personaje de la obra de teatro "El diablo y Dios", de Jean-Paul Sartre, pero la verdad es que me quedan dudas de si es que se aplica correctamente.

De forma paralela, en esta primera semana de vacaciones, tuve la fortuna de ver por segunda vez la excelente serie de televisión llamada "Wonderfalls", del 2004, y que fue cancelada durante su primera temporada, concluyendo con apenas trece episodios (la primera fue en el 2004 cuando la Fox la pasó enterita acá en latinoamérica).

El elenco de la serie "Wonderfalls".

Recién ayer, al terminarla, algo me hizo click, y me di cuenta que el personaje de Jaye Tyler, una joven de 24 años graduada en Filosofía por la prestigiosa Universidad de Brown, y que, sin embargo, o tal vez sería más apropiado decir "consecuentemente", trabaja como empleada en una tienda de souvenirs en las cataratas del Niágara, resultaba como un ejemplo perfecto de este último estadio kierkegaardiano. Un día, de pronto, figuras con forma de animales (como un oso de peluche o el dibujo de una serpiente en un polo) le empiezan a hablar de forma bastante críptica, ordenándole que haga determinadas cosas.

En cada capítulo, por lo general, los absurdos mensajes como "no le devuelvas el dinero" a cierta cliente, van tomando forma y terminan integrando parte de un plan mayor, aunque completamente imprevisible desde un inicio. Así, una desconcertada Jaye, se encuentra obedeciendo los mandatos, algunos explícitamente inmorales, simplemente porque estas voces pueden hasta impedirle dormir si no son correspondidas. Tenemos, también, que a lo largo de la serie, Jaye, de manera muy lógica, se cuestiona su propia sanidad mental (sé que se dice "cordura" en español), pero termina sometiéndose a esta fuerza mayor, por más que al final se le pida abandonar lo que más le importa en la vida. Un verdadero salto de fe.

Así, haciendo la relación explícita, Jaye (el particular), se sobrepone ante lo general/universal porque las voces (lo absoluto/absurdo) le dicen que lo haga, incluso si una acción parece inmoral, y esto es importante, porque no es que se desconozca lo ético: se sabe muy bien qué está bien y qué esta mal, pero esto no importa. Se añade, también, que ella es conciente de lo absurdo de su situación. Sabe que puede estar loca. Sin duda, al tratar de comunicarlo, esa es la reacción de sus interlocutores. Por dicho motivo, se encuentra sola.

Pero Jaye tiene fe, me parece, en el sentido muy particular que propone Kierkegaard, y renuncia a tanto se le pide. ¿Y al final? Bueno, vean la serie. Está en internet y hasta en polvos.

Para terminar, aclaro que no integraré este ejemplo para mi ponencia (quizás el próximo año). Simplemente lo pongo porque me parece bastante sugerente, y espero me sirva tenerlo en cuenta a la hora de releer "Temor y temblor". Además, la serie es buenísima y la quería recomendar.

Me despido, pero los dejo, de forma casi gratuita, con el tema musical de la serie, pero en su integridad. Es genial.

Andy Partridge - I Wonder Why The Wonder Falls